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El famoso e increíble Salto del Buey: una de las cascadas más grandes de Colombia.

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Entre las montañas de La Ceja y Abejorral, aproximadamente a dos horas de Medellin, se encuentra Los Saltos Ecoparque, el lugar que alberga más de 10 saltos, cascadas, manantiales y, por supuesto, el famoso e increíble Salto del Buey, que con sus más de 90 metros de altura se ubica entre las cascadas más grandes de Colombia. En esta, los chorros de agua cristalina caen con fuerza y se van mezclando con los rayos de sol, formando a sus pies un hermoso arcoíris.  ¿Cómo llegar? Para llegar al Salto Del Buey debes tomar un bus desde la Terminal de Transporte del Norte de Medellín hasta La Ceja o Abejorral, pues este destino se encuentra en medio de estos dos municipios. Si tomas el bus a La Ceja, una vez llegues al pueblo, debes tomar un bus o un taxi que te lleven hasta la entrada de la vereda Fátima, aproximadamente a 20 minutos del parque principal. Una vez te bajes, debes caminar alrededor de 2 kilómetros hasta encontrar la entrada al Ecoparque donde se encuentra el Salto del Buey....

El Carmen de Viboral, cuna artesanal del Oriente Antioqueño.

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Este es El Carmen de Viboral, cuna artesanal del Oriente Antioqueño.  Tierras frías rodeadas de sobresalientes montañas y un paisaje que invita a disfrutar de la calidez de sus calles, de la amabilidad de sus habitantes y de la cotidianidad de un pueblo en el cual sentarse en el parque hasta que la tarde caiga hace parte de las posibilidades que se tiene al visitarlo.  El Carmen de Viboral ofrece a sus turistas espacios de valor histórico y cultural, como la Calle de la Cerámica, la Calle de las Arcillas, Paseo del Ángel, el Museo de cerámica en el Instituto de Cultura, el parque principal y la Torre Bicentenaria allí ubicada. Todo esto, muestra la tradición, que por más de 100 años, se ha mantenido viva en las manos de sus artesanos: Hermosas piezas de cerámica pintadas a mano y con diseños coloniales, lo que hace que sea llamado la Cuna de la Cerámica Artesanal.  Es también llamado la Perla Azulina del Oriente Antioqueño, pues en sus entrañas nacen diferentes ríos, cana...

Para los buenos recuerdos, un helado.

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Cuando niño solía montar bicicleta con mi papá, era un parche fijo los sábados en la mañana. Lo recuerdo a él en su bici verde y, a mí, en una roja, como mi color favorito en ese entonces. Después de cada ruta, el premio era un helado. Él prefería el sabor a coco y yo, el de chocolate.  También recuerdo que los domingos íbamos a misa en familia y, como todo niño rebelde que se negaba a hacerlo, me prometían un helado. Terminaba aceptando la propuesta, era tentadora e irresistible. Para los domingos mi favorito era el Choco-cono. Todo un clásico.  A mi tía Isme, que es como mi segunda mamá, también le gusta el helado. Cada cumpleaños recibo su llamada y, al finalizar, se despide con un “en estos días salimos por un heladito de cumpleaños”. Así en diminutivo, porque lo hace más tierno, como ella.  En mi mente también tengo recuerdos del colegio, de aquellas tardes en donde salíamos en combo, hablando de lo grandes que nos sentíamos para unas cosas, pero de lo pequeños para ...

Vino, enséñame a amar

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(...) No sabría bajo qué pensamientos, o bajo qué silencios. Tampoco en qué momento o lugar del día... Si en otoños o inviernos; si cerca al río o lejos de él. Si al son de la música o en el rugir del viento. En la noche o en el día... Vino, enséñame el arte de amar sobre mi propia historia... como si esta ya no fuese ceniza en la memoria. Hace el vino maravillas, a los frágiles los llena de fuerza, a los desalmados alguien en quien creer y, para nosotros los cobardes, la tan anhelada valentía.  Una copa de vino para el corazón. Una segunda para la razón. Quizá una tercera, una cuarta y hasta más... para todo eso que posiblemente no se olvidará jamás.  Veré el fondo de la botella mientras escribo de ti. Beberé cada sorbo mientras me voy recuperando a mí.

Para cuando seamos posibles...

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Ahora es cuando entiendo mil cosas contigo, pero solo dijiste hola y por ahora -para mí- está bien.  Me gusta creer y hacerme la vaga ilusión que cuando pienso en ti, te das cuenta. Que cuando caminas por la calle de la nada sonríes, pero no sabes específicamente por qué.  (...) Imagínate que luego te invito a un café, te hablo sobre una historia de amor y, sin que lo sepas, es la nuestra. Vas a sonreír y yo seré feliz con ello.  ¿Lo ves? Ni siquiera me alcanzo a imaginar cómo serían nuestras vidas si de repente tú y yo fuésemos posibles. Maldito mi vicio de entre todos los imposibles, escoger siempre los amores.

Nos perdimos

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Volví a escribirte, aunque no te lo dije. Escribí para mí, pensando en ti. Mis letras ya no tienen tanta nostalgia y la vida empieza poco a poco a florecer. Los domingos ya no son tan bohemios y mi gata ha sustituido tu compañía. No está mal, lo imaginaba peor. De verdad, estoy bien aunque no te interese saberlo. Mi helado favorito dejó de serlo desde aquella última vez en el parque. Ya no bailo con la misma canción. Ya no sonrío con los mismos chistes. He cambiado, me has cambiado con tu ausencia. Mi mamá dice que estoy mejor que nunca, y yo le creo. Quizá somos la muestra viviente de amores que siempre estarán y nunca podrán ser. Qué bien se te dio eso de enseñarme que el amor es libertad al dejarme ir. O irte, sin más ni qué. No sé al fin si te fuiste o me fui…  pero me gustaría pensar que nos fuimos, nos dejamos ir. Perdí la tranquilidad de tu mirada y perdiste la alegría de mi sonrisa. Nos perdimos. Nos malgastamos intentando encajar el uno en el otro. Nos disipamos con b...

Mi mentira favorita

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Decir “te quiero” es hartísimo: tiene uno que poner cara de bobo, sumado al tono adecuado para hacerlo un tanto creíble. Como en las películas. Claro que en las películas no se oye mal: “I love you” No debí decirle te quiero. Ojalá la tierra abriera un hueco y me tragara… No, eso no sería bueno: si yo desaparezco hoy, mañana estaría pensando que me morí queriéndole y se pondría muy triste, y todo… O quien sabe. Pero si me quisiera de verdad, si se pondría triste, como cuando alguien pierde algo importante. Aunque nadie tiene porque querer a quien no lo quiere a uno. Ahora me llamará para decirme “te quiero” y yo le sonreiré para mentirle lo mismo. Como cambia todo ¿No? Un día escribí en un cuaderno que tenía como diario: “11:25 p.m., me llamó a decirme que también me quiere” y ahora… ahora solo busco no mentirle tanto, huyéndole. Aunque no lo suficiente. Es que no sé si aún le quiera. Quizá estoy acostumbrado a decirlo y es más uno de nuestros protocolos, no más… o quizá si...